“Ahora soy más empática con la persona que sufre una pérdida»

Marisa Peña, trabajadora social, asegura que perder a una hija le ha ayudado a crecer como profesional

Los trabajadores sociales en el ámbito sanitario están en continuo contacto con el dolor y la muerte. Una de sus labores profesionales es la de atender a los pacientes en el final de la vida y acompañar en las pérdidas a sus familiares. Eso implica que no solo deben ejercer un trabajo profesional, sino también emocional.

En esta entrevista mostramos el  relato de una trabajadora social que, acostumbrada a convivir con la gestión del duelo y la muerte, sufrió en primera persona la pérdida de su hija mayor, en el año 2016.

Nuestra protagonista es Marisa Peña (Manresa, 1974), a quien su experiencia personal le ha proporcionado un aprendizaje que le permite poder empatizar mucho más con las personas que padecen la muerte de una persona cercana.

¿Somos capaces de reconstruirnos tras una pérdida?

No nos queda otra opción. Cuando sufres la pérdida de un ser querido, aprendes a vivir con ella y a saborear los recuerdos.

Yo me aferro a los recuerdos. No hay ni un solo día que no piense en mi hija e intente recordar su olor. Pienso que, al igual que en la película de Coco, mientras yo la recuerde, ella seguirá viva en mí, y su paso por este mundo habrá tenido un sentido: llenar mi vida.

¿Cómo retomaste el pulso del día a día?

Cuando falleció Laia me quedé como en un limbo. Después de muchos años de lucha, todo había acabado. Fue como si después de un sprint, mi cuerpo extenuado, no pudiese más. Sentí paz, pero a la vez un dolor muy profundo que me paralizaba. Mi cabeza no podía parar de recordar todo lo vivido, no podía dejar de imaginar su carita…

Pero llegó el momento en el que me armé de valor y decidí mirar hacia adelante. Tengo otra hija, Abril, y no podía tirar la toalla. Así que me tomé unas semanas para situarme y, poco a poco, volví a normalizar mi vida.

Cuando a alguien le ocurre algo terrible siempre se pregunta: “¿Por qué a mí?”. ¿Crees que estamos suficientemente preparados para asumir la muerte de un ser querido?

Esas fueron exactamente las palabras que le dije al médico cuando me dio el diagnostico de mi hija. «¿Por qué a mí?». Y él me respondió: «¿Por qué a ti no?».

A todos nos puede «tocar», el problema es que no estamos preparados para perder nada. La sociedad en la que vivimos, se nos enseña a ganar: ganar una pareja, una familia, un buen trabajo. Pero no a perder.

En el momento del duelo, la persona está en desventaja con el resto del mundo. ¿Cómo sobrellevaste ese proceso con tus obligaciones profesionales?

Regresar al trabajo me ayudó muchísimo. Me hizo mantenerme ocupada y poder desconectar unas horas del dolor. Me encanta mi profesión e hizo que me centrase totalmente en mis obligaciones, aunque también me permitía tener momentos de derrumbe. Después de perder a Laia, mi sensibilidad al dolor ajeno aumentó de forma exponencial.

En estos tiempos de pandemia de Covid-19, pacientes y familiares han visto alteradas sus despedidas sin posibilidad de pronunciar el último adiós, ¿qué consecuencias puede suponer para los familiares no participar en el final de vida?

Creo que no poder despedirse de tus seres queridos debe ser lo peor del mundo. A pesar del dolor que se pueda sentir en esos momentos, acompañar a la persona en ése camino proporciona paz.

La pandemia ha ocasionado que muchos familiares no hayan podido estar junto a sus seres queridos en el último momento, y pienso que esto puede generar duelos no resueltos que acaben alargándose en el tiempo. Estoy segura que muchos necesitarán soporte profesional para poder sobrellevarlo.

¿Cómo apaciguáis el dolor añadido del familiar que no puede acompañar al paciente con Covid-19 durante la enfermedad?

En mi hospital, sólo al principio de la pandemia, no se permitió la entrada a ningún acompañante, tal y como marcaban las normativas. Pero rápidamente en cuanto se aprobó la normativa, pusimos en marcha un procedimiento para facilitar a las familias el último adiós con el paciente ingresado. También ofrecimos la posibilidad de realizar videollamadas. Este procedimiento permitía despedirse virtualmente y evitar así que la imaginación hiciese de las suyas. De todas formas, la tecnología nunca podrá sustituir un buen abrazo o una caricia en la mano.

Para intentar apaciguar el dolor ante una pérdida, los profesionales hemos intentado ser lo más cercanos posible, siendo comprensivos, haciendo mucha contención y soporte y ofreciéndoles la posibilidad de realizar seguimiento con el servicio de psicología, si así lo requerían.

¿Crees que esta pandemia nos ha vuelto más frágiles y vulnerables ante la idea de finitud humana? ¿O el gran número de fallecidos hará que acabemos frivolizando la muerte?

Creo que nos ha hecho más conscientes de la fragilidad de la vida. Cualquiera puede contagiarse y desconocemos cómo nos va a afectar. Hay personas que son asintomáticas, pero otras fallecen, así que estamos todos en riesgo.
Hay momentos que por salud mental los profesionales debemos tomar distancia y poner una barrera a los sentimientos, pero cuando la muerte nos toca de cerca, es imposible frivolizar.

¿Qué te ha aportado tu experiencia personal a tu labor como trabajadora social? ¿Y como persona?

A nivel profesional, me ha hecho ser mucho más empática con la persona que sufre una pérdida; más cercana al dolor ajeno. Ante un problema, la persona se desborda y en ocasiones no encontramos una solución. Después de lo vivido, he aprendido a valorar las necesidades y priorizar aquellas cosas más importantes e inminentes. Y a nivel personal, he aprendido a valorar la vida y el tiempo.

¿Has vuelto a ilusionarte?

Laia me ha enseñado a ilusionarme con las pequeñas cosas de la vida y a valorarlo todo mucho más. Y eso es lo que intento hacer.

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