Cómo aprender a vivir con la ausencia de un ser querido

La soledad adviene cuando muere el ser amado, cuando la presencia se volatiliza y la ausencia, como una intrusa, penetra en nuestro hogar.

Fue el filósofo francés, Gabriel Marcel quien acuñó la distinción entre presencia y ausencia. Sólo la persona que ha sido realmente presente en mi vida, se convierte en ausencia cuando muere. Sólo el ser humano que forma parte de mi círculo afectivo, de mi pequeño universo relacional, puede considerarse una presencia. Los demás, los que están ahí fuera, los que pasean por las avenidas y por los bulevares, arriba y abajo, son seres ajenos a mi vida como yo lo soy a las suyas. No se percatarán de mi ausencia, como yo tampoco les voy a echar de menos cuando no estén, porque no sé quiénes son, ni lo que sienten. Forman parte de ese conglomerado amorfo que José Ortega y Gasset bautizó como la gente.

La soledad adviene cuando muere el ser amado, cuando la presencia se volatiliza y la ausencia, como una intrusa, penetra en nuestro hogar. Quien no ha sentido el calor de una presencia, no tiene la menor idea de lo que es la experiencia de la ausencia. Conoce bien esta experiencia la viuda que, después de cincuenta años de matrimonio, regresa a su casa vacía. Todo el habitáculo grita la ausencia de su marido. Todos los objetos evocan su presencia, especialmente los que forman parte de su pequeño cosmos: el cepillo de dientes, la afeitadora, la taza del café, el sillón donde se sentaba. Todos esos objetos adoptan un valor simbólico y remiten al marido. Lo hacen sin chillar, a través de un silencio que hiere profundamente el alma.

La muerte del otro anónimo no nos conmueve; nos deja prácticamente indiferentes; mientras que la muerte del ser amado, de esa presencia íntima en mi vida, causa una alteración sustantiva. Nada será como antes. Tampoco yo seré nunca jamás el de antes.

Cuando muere un ser amado se experimenta, por primera vez, la ausencia. La ausencia no es la pérdida; es un vacío que nada, ni nadie puede ocupar, porque cada ser humano es único e irrepetible, con lo cual, su muerte, crea un hueco que ninguna persona ni artefacto puede restablecer. Se puede sustituir su rol, su función en la sociedad, pero su modo de ser, único e irrepetible, es, simplemente, imposible de resarcir. Sería un error intentar llenar ese hueco con otro ser humano, porque sería utilizarlo como un instrumento. Como dice Søren Kierkegaard cada ser humano es único y en eso radica su belleza.

Las personas no se pierden. Se pierde el tiempo; se pierden los objetos, se pierde una oportunidad; pero las personas están presentes o ausentes. Nos perdemos por una ciudad, por la montaña cuando la niebla es muy espesa, pero la ausencia es mucho más grave que la pérdida, porque abre un vacío abismal. Lo que queda después de la ausencia de un ser amado es un arduo aprendizaje; el de vivir con las ausencias que, en ocasiones, es más difícil que soportar determinadas presencias cotidianas.

La presencia es luz, lenguaje, irradiación de vida. La ausencia es incomunicación, silencio y oscuridad. Cuando uno experimenta, en sus propias carnes, la ausencia de un ser amado, cuenta con una facultad del alma que le permite recrearla mentalmente: la memoria. Gracias a ella, hilvanamos recuerdos y episodios de vida compartida y, de este modo, la imagen se mantiene viva en nuestro interior. Sonreímos, lloramos, experimentamos indignación, rabia, porque querríamos transformar esa ausencia en presencia, pero no somos capaces de hacerlo.

La ausencia de un ser amado puede empañar la vida y convertir a los presentes en ausentes. Ahí está la auténtica lucha. Los presentes están ahí para vivir, para celebrar el don de la vida, para gozar juntos de la existencia. La memoria de los ausentes es un deber moral, pero también lo es gozar con los presentes del tiempo que nos ha sido dado.

Los ausentes ya no están, pero desean que vivamos plenamente el fragmento de Historia Universal que no ha sido entregado, que seamos fuente de vida y de luz. La ausencia de un ser amado es la gran ocasión para descubrir que no estamos ausentes, que vivir no es vegetar esperando la muerte, como advertía Gabriel Marcel, sino gozar del valor de cada instante, de cada presencia, de cada ser humano que nos circunda.

Francesc Torralba

Filósofo y teólogo

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