¿Por qué a mí?

El duelo de la enfermedad en propia piel o cómo morir para volver a nacer

La enfermedad llega sin avisar. Parece que todo va bien, que la vida es fácil, que nosotros somos invencibles, pero resulta que un día, así, sin más, te palpas un nódulo en el pecho. Para ti el mundo se para, pero, para el resto, sigue rodando.

Después de infinidad de pruebas y de una larga espera, llegan los resultados. Tienes cáncer, piensas muchas cosas y no puedes pensar nada. En este momento se abre un camino lleno de citas médicas, pruebas e incertidumbres.

Seguramente, uno de los peores momentos de este proceso es el tiempo de espera. Justo el tiempo desde que te estás sometiendo a las pruebas hasta que obtienes los resultados. La primera ecografía, la punción, la resonancia, el PET-TAC, muchos tecnicismos hasta ahora desconocidos.

La enfermedad te hace perder la seguridad con que vives la vida, te hace cambiar el pensamiento de que la vida es fácil y te hace tambalear, te sacude y te paraliza, y en algún caso, te hace volver a nacer, porque la metamorfosis a que te somete te hace reformular tu vida.

Despedirse de la salud no es tarea fácil. Normalmente, solemos pensar que la vida y la salud es eterna, damos por supuesto que tenemos que estar bien, porque es nuestra normalidad.

Antes que todo empezara, yo no sabía que significaba cáncer hormonal, HER2 o triple negativo. Así es la vida, si hay disposición, de todo se aprende.

Las bajadas de defensas, las noches en el hospital, la caída del cabello, la realidad de tu diagnóstico.

«Tú eres triple negativo, esto quiere decir que tu cáncer no responde a hormonas, ni a progesterona ni a estrógenos, tampoco tienes un cáncer HER2, el HER2 es un monstruo con los pies de barro, es muy agresivo, pero hasta tenemos la medicina diana que lo aniquila. Tú, el triple negativo, es tanto o más agresivo que el HER2, pero aún no tenemos esta medicina diana. »

No pude seguir preguntando, tuve mucho miedo a más explicaciones. Ese día, me despedí de mis hijos de 9 y 4 años de edad, los abracé y, llorando, les confesé que tenía miedo a la muerte. Y mi mayor miedo era imaginarme sus vidas sin mí.

Algunas personas, con la llegada de la enfermedad, pierden el trabajo, los compañeros, los amigos, la pareja. Quizás porque aquellas personas tienen miedo de estar tan cerca de la muerte, o porque no les gusta ver sufrir a los demás, o porque no están preparados para vivir de cerca una situación tan dura como es una enfermedad. O quizás porque no están preparados para aprender lo que la vida les ha de enseñar en ese momento.

Perder mi trabajo también fue otro duelo, me echaron cuando aún no había terminado la quimioterapia, después de catorce años trabajando en el mismo lugar. Despedirme de mis cosas, las que creía propias, mi lugar de confort, lo que creía que me pertenecía fue muy duro. Porque nos aferramos a la vida, la que tenemos en préstamo.

El duelo económico, porque la quimioterapia es un verdadero regalo, un regalo que nos hace la sanidad pública y somos muy afortunados de tener derecho, pero tiene sus efectos, algunos no tan positivos, y yo sufrí muchos: varios ingresos en el hospital por bajadas de defensas, erupciones en la piel, llagas en las mucosas… Todo esto es caro, muy caro, y yo estaba en paro esperando que me recuperase.

Entonces pensé que me tenía que reinventar, hacer de mí otro yo, porque la ocasión lo merecía y que aquellas personas que me habían demostrado que no estarían a mi lado, me habían dado el empujón que yo necesitaba para resurgir. Y en ese momento un nuevo proyecto crecía dentro de mí.

Aún con las cicatrices abiertas, empecé el Grado de Logopedia en la Universidad Autónoma de Barcelona, ​​y también resultó una nueva carrera de fondo. La quimioterapia también produce un efecto sobre las neuronas y todo te recuerda que hace tan solo dos meses estabas enferma y ahora estás en paro, luchando contra corriente e intentando sacar adelante.

En la mayoría de las profesiones la empatía es vital, pero no todo el mundo tiene experiencias vitales que les ayudan a su profesión.»¿Por qué yo?» Pensé en la gran cantidad de mujeres con cáncer de mama y conseguí cambiar la pregunta: «¿Por qué no a mí? Yo estoy preparada».

 

 

 

 

 

Patrícia Álvarez Cabrera

Logopeda

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