Libroterapia

Leer es vida. Los libros nunca nos dejan solos. Los han escrito personas que, en algunos casos, son como nuestros amigos desconocidos.

Un libro es el destilado de una vida, y , cuando sale, editado, a nuestro encuentro, debe sortear muchos obstáculos para llegar a nuestras manos. No sabemos si el destino ha sido el aliado para que nos encontremos, pero –causalidad o casualidad- está en nuestras manos. Y hay que saber apreciarlo, merecerlo, darle las gracias y entregarnos a él.

Que leer libros es sano nos lo demuestran ya, entre tanto, numerosos estudios científicos. Vamos bien, la ciencia viene a respaldar al humanismo, porque, sin él, está coja. Como la vida. La vida sin humanismo es débil, y nos conviene estar cerca de la verdad, de la bueno, de lo bello, como bien nos descubrió el mundo antiguo. Lo bello de leer es que nos demuestra aquello que, magistralmente,  escribió CS Lewis, el gran autor de Tierras de penumbra

Leemos para saber que no estamos solos. Ninguna de las cosas que hayamos podido pensar o sentir ha sido pensada o sentida antes. De modo que, cuando leemos, encontramos trozos de nuestra biografía, de nuestros pensamientos, de nuestra realidad. Por acción u omisión, por positivo o por negativo, por lo que hicimos o dejamos de hacer, por lo que supimos vivir o nos dejamos en el tintero.

Leer no sólo es vida: leer es vivir más.  Y leer repara, impregna, acompaña, y cuida.

Todos los que leemos sabemos que hemos entrado en una cueva secreta y pública al mismo tiempo, pero que tiene un significado único para cada uno de nosotros. Cuando leemos, aprendemos por diferencias. Vivimos muchas más vidas que sólo la nuestra. Salimos de nuestro ensimismamiento: de la enfermedad de nuestro tiempo, el yomimeconmigomismo…. Y cambiamos, sutilmente, consciente o inconscientemente.

Elías Canetti, premio Nobel de Literatura de 1981, estudiaba en Viena, su piso daba al sanatorio mental de Steinhof. Para él, lo máximo de la literatura era un cuento de Gogol, El capote. Una  historia acerca de la crueldad y mezquindad humana. En ese momento, tenía decorada su habitación de estudiante con una reproducción de la capilla sixtina de Miguel Ángel. La que luego sería su mujer, Veza Calderón, le hizo descubrir a Georg Büchner, y Canetti, quedó tan impresionado después de leer  Woyzzeck (creo recordar, puede que sea la Muerte de Dantón), que cambió la decoración de su habitación y puso una reproducción del retablo de Isenheim de Matthias Grunewald. Su vida había cambiado, su concepción del dolor. Su mirada a la compasión.  De un modo radical. Cambio sus raíces. Tras la lectura de una gran obra, que le provocó un seísmo tal que le cambió la mirada.

En Libroterapia he querido dar voz a gente que me acompaña de un modo incondicional. Autores cuya voz, mirada, pensamiento y sentimiento me ofrecen sus raíces. Y permiten que las mías surquen el subsuelo de la mía con más intensidad. Son 24 libros, de grandes creadores. Me hacen feliz. Los libros me dan una fuerza y una serenidad íntima e incuestionable. Cada selección de libros es tan arbitraria como única es una vida humana. Pero, frecuentemente descubrimos que los demás nos acompañan cada vez que confían en nosotros y nos recomiendan un libro.  Cada libro elegido es un itinerario. Una manera de cantar la vida y buscar y ofrecer compañía.

Leemos para vivir más. Vivir más nos lleva a leer. Leer es buscar.

No lo pudo decir mejor Virginia Woolf: “I have sometimes dreamt, at least, that when the Day of Judgement dawns and the great conquerors and lawyers and statesmen come to receive their rewards -their crowns, their laurels, their names carved indelibly upon imperishable marble- the Almighty will turn to Peter and will say, not without a certain envy when He sees us coming with our books under our arms: “Look, these need no reward. We have nothing to give them here. They have loved reading”.

A veces he soñado que, cuando amanezca el día del Juicio Final y los grandes conquistadores, legisladores y hombres de Estado acudan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, las lápidas con su nombre indeleblemente inciso en imperecedero mármol-, el Todopoderoso se dirigirá a Pedro, y le dirá, no sin cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo los brazos: ‘Oye, estos no necesitan recompensa. Aquí nada podemos darles. Son amantes de la lectura’.”

Jordi Nadal

Editor de Plataforma editorial