Cuando hablamos de fin de vida, conectamos con la finitud de la existencia, con el concepto de irreversibilidad y con el impacto emocional, social y espiritual que la muerte conlleva. Conectamos con lo más profundo de nosotros mismos. Nos asaltan multitud de preguntas y dudas, y repasamos una y otra vez el momento de la muerte; en ocasiones, esta revisión interna nos genera más interrogantes que respuestas, empezando así una travesía por un valle donde no disponemos de brújula. Muchas veces, la sensación que tenemos es la de no habernos movido o la de haber pasado por el mismo sitio una y otra vez, sin obtener respuesta alguna. Una sensación de pérdida, desorientación y una pérdida de rumbo vital y existencial.
Desde una perspectiva social, ¿cómo podemos acompañar, orientar y dar soporte a las personas y familias que se encuentran en situación de final de vida, tanto propia como de un hijo o de algún familiar cercano? En estos momentos entran en juego muchas emociones, recuerdos e incertidumbre, entre otros. ¿Cómo podemos aligerar o sostener el dolor que en algún momento estaba latente y ahora toma el presente de las familias o de uno mismo? Qué importante es poder hablar, planificar, tomar decisiones y dotar de autonomía en la toma de decisiones.
El momento de la muerte es único, irrepetible e irreversible. De ahí radica la importancia de poder planificar, hablar y explorar los deseos de la persona que va a morir si es posible; cuando no lo es, debemos intentar explorar estos aspectos con sus padres o hijos. Esta exploración nos permite realizar un acompañamiento donde la dimensión psicosocial y espiritual toma las riendas, dotando de autonomía al individuo y a sus allegados hasta el final de la vida.
Explorar estos deseos —el qué, el cómo, el dónde y lo necesario para dotar de sentido el proceso— pone de manifiesto algo tan importante como el concepto de trascendencia de quien ya no estará. Todo este proceso, junto con los rituales y la atención a las necesidades individuales, ayudará posteriormente en el proceso de duelo a recolocar a la persona dentro del universo familiar. La relevancia de los rituales y de los procesos de preparación radica en que permiten hacer de este momento vital y trascendental algo único, individual y personalizado, dotándolo de un sentido profundo.
Una pregunta para la reflexión: ¿Cómo podemos integrar y explorar todo esto sin sentir que estamos acercando la muerte mientras lo hacemos? Es una pregunta que nos asalta en cada final de vida que acompañamos: cómo podemos planificar el final de vida de aquella persona que aún está a nuestro lado.
Al final no hay una fórmula concreta, específica e universal; es como el sastre que realiza un traje a medida: no habrá dos iguales, cada una se ajustará a una persona concreta y requerirá de un tejido, acabados, colores y de un proceso único e individual. Con esta metáfora, quiero resaltar la importancia del escuchar que requiere cada uno y cómo poder acompañar, orientar y asesorar para que el proceso de final de vida, la muerte y la despedida puedan ser como requiera cada cual (o cada uno). Poner en valor la importancia del proceso, el ritual y las necesidades de cada uno es clave.
Estas líneas anteriores me llevan a reflexionar en la pérdida social de la muerte y el duelo. De un tiempo a esta parte, la muerte y sus rituales dejaron de ser compartidos socialmente y se convirtieron en procesos individuales, excluidos y apartados de la comunidad. ¿Qué peso tiene el poder poner sobre la mesa la presencia social de la muerte, sus rituales y sus procesos? ¿Qué tan importantes son el tiempo y el espacio cuando estos se nos deniegan? ¿Qué despierta tanto miedo a nivel social que la gente en duelo no tiene espacio para expresarse sin ser juzgada?
Como profesionales que afrontamos y acompañamos estas situaciones, desde la muerte perinatal, la neonatal, la pediátrica o la adulta, debemos poder trabajar hacia una dirección donde el proceso de morir y el duelo sean visibles y tengan un peso específico en nuestras instituciones y nuestra sociedad. No solo en las instituciones, sino que la propia administración reconozca la muerte, el proceso de duelo y el impacto que tiene en todas las esferas vitales de las personas.